Comenzaremos con una historia que ocurrió la semana pasada. Un querido amigo mío, a quien persuadí para que realizara este trabajo en San Francisco —ustedes lo conocen, se trata de Freedom Barry—, vive actualmente en Cambria, un punto intermedio entre esta ciudad y San Francisco. Él posee una pasión absoluta que lo absorbe por completo: la música. Aunque se graduó en el Conservatorio de Música de Nueva Inglaterra, sintió que no era apto para el exigente mundo de los conciertos. Es un ámbito sumamente competitivo y él consideró que no poseía el carácter necesario para ello.
Él nació y creció en un entorno de pobreza extrema; quedó huérfano siendo apenas un bebé. Con el tiempo, se trasladó al oeste y obtuvo un empleo. Después de asistir a mis conferencias durante aproximadamente dos años, tuve la oportunidad de conocerlo. Me agradó su personalidad y le pregunté si le gustaría dedicarse a lo que yo hago. Él respondió: "Sí, me gustaría, pero no estoy calificado". Le dije: "Esa es la respuesta correcta. Si usted se sintiera calificado, no sería de ninguna utilidad en este mundo".