Fecha de la conferencia: 5/23/69
De todas las revelaciones que nos esperan no hay ninguna tan fundamental como la revelación de la Palabra dentro de nosotros. No puedo decirle a nadie el éxtasis, la alegría que les espera cuando descubren que “en el volumen del libro todo trata sobre mí” (Sal.40:7). Desde Génesis hasta Apocalipsis, todo el vasto libro trata sobre el individuo en quien se revela la Palabra. Es el intérprete del libro. Y cuando descubre que él fue el enviado, él es la Palabra de Dios que no puede regresar vacía sino que debe cumplir lo que Dios se propuso y prosperar en aquello para lo cual fue enviado (Isaías 55:11), ¡la emoción de que yo soy esa Palabra! La emoción de que soy el Verbo que se hizo carne, y ahora estoy vestido con un manto bañado en sangre, esta carne y esta sangre; y el nombre con el que seré llamado es el Verbo de Dios, y que este “Verbo de Dios era en el principio, y el Verbo era con Dios, y el Verbo era Dios” (Jn.1:1). ¡Entonces uno se da cuenta de que él es esa Palabra enviada con un propósito divino y el propósito era cumplir la Palabra que llamamos Escritura! No hay ningún otro propósito por el que esté aquí; no para hacerse rico, famoso, conocido, fuerte, débil, sólo para cumplir la Palabra… la obra más fantástica del mundo.