De todas las revelaciones que nos esperan, no hay ninguna tan fundamental como la revelación de Jesucristo en nosotros. Nada acerca de Jesucristo puede saberse exteriormente. Sólo lo conocen los testigos oculares presentes, aquellos cuyos ojos inmortales están abiertos hacia el mundo del pensamiento, hacia la eternidad, quienes quedan deslumbrados al ver a través de la máscara del cuerpo algún destello de la luz que él decía ser. Cuando uno comienza a despertar, el ser que despierta es el Señor Jesucristo. Pero ningún ojo mortal puede verlo y la mente mortal lo conoce por el registro: dónde nació, sus padres, sus hermanos y sus amigos. Saben todo sobre él y las debilidades y limitaciones de ese individuo. No conocen al ser que ha despertado dentro de él.