Mucha gente me dice que no pueden meditar. Esto me parece un poco como decir que no pueden tocar el piano después de un intento. La meditación, como todo arte o expresión, requiere una práctica constante para obtener resultados perfectos. Un pianista verdaderamente grande, por ejemplo, sentiría que no podría tocar lo mejor posible si faltara un día de práctica. Si faltara una semana o un mes a la práctica, sabría que incluso su público más no iniciado reconocería sus defectos. Lo mismo ocurre con la meditación. Si practicamos diariamente con alegría este hábito diario, lo perfeccionamos como un arte. Encuentro que aquellos que se quejan de la dificultad en la meditación no la convierten en una práctica diaria, sino que esperan hasta que algo urgente aparezca en su mundo y luego, mediante un acto de voluntad, intentan fijar su atención en el estado deseado. Pero no saben que la meditación es la educación de la voluntad, porque cuando la voluntad y la imaginación están en conflicto, la imaginación invariablemente gana.
Los diccionarios definen la meditación como fijar la atención en; como planificación en la mente; como idear y mirar hacia adelante; participar en un pensamiento continuo y contemplativo. Se han escrito muchas tonterías sobre la meditación. La mayoría de los libros sobre el tema no llevan al lector a ninguna parte, ya que no explican el proceso de la meditación. Lo único que equivale a la meditación es una imaginación controlada y una atención bien sostenida. Simplemente mantenga la atención en una determinada idea hasta que llene la mente y expulse todas las demás ideas de la conciencia. El poder de la atención se muestra como la garantía segura de una fuerza interior. Debemos concentrarnos en la idea a realizar, sin permitir ninguna distracción.Éste es el gran secreto de la acción. Si la atención se desvía, devuélvela a la idea que deseas realizar y hazlo una y otra vez, hasta que la atención se inmovilice y se fije sin esfuerzo en la idea que se le presenta. La idea debe captar la atención, debe fascinarla, por así decirlo. Toda meditación termina finalmente con el pensador, y éste descubre que es lo que él mismo ha concebido. La atención del hombre indisciplinado es más bien sirvienta de su visión que su amo: es captada por lo apremiante más que por lo importante.